TURISMO Y ESPECTáCULO (ER)


Notas sobre el tiempo, esa perplejidad esencial



Fecha: 11/09/2017   09:51

Bajo la excusa del encuentro de dos hermanas que evocan lo vivido juntas, la puesta teatral “Elsa y Anita” reaviva un debate sobre el pasado, el presente y los enmarañados dispositivos de construcción de memorias






Un texto bello, impar y complejo ha logrado la dramaturga Soledad González con “Elsa y Anita”, de esos que quedan dando vueltas en la inteligencia y sensibilidad del espectador. La obra, presentada en Paraná en la Sala Metamorfosis, en versión del Teatro del Bardo, evita el lugar común según el cual recordar es siempre un recurso valioso, constructivo, saludable. En ese sentido, la puesta en escena no es más que un deliberado acto de provocación hacia la platea, que queda gozosa y pensante, en tanto y en cuanto propone internarse en el mundo de dos hermanas para las que hacer memoria no es un acto liberador ni esclarecedor sino anomalía, síntoma, cárcel.

Dirigida por Daniela Osella y Gabriela Trevisani, la puesta exhibió un interesante número de juegos teatrales, bien logrados, intensos por cierto, minuciosamente desarrollados por las actrices Marisa Grassi y Tati Paulini, que realzaron la acción y entretuvieron la atención del público mientras los parlamentos fueron diciéndose pero que, a la vez, exhibían autonomía metafórica, como el hecho de que la escena/realidad estuviera conformada por decenas de cajas que, por momentos, podían ser ladrillos de una pared que esconde, protege, desaparece o confina experiencias; luego pasillos de un laberinto existencial cuya salida no veían con claridad; excusas formales para comunicarse o dejar de hacerlo; y, más tarde, simplemente, modestos alcázares desde donde hundían la mirada en aquello que las protagonistas fueron y siguen siendo, pese a haber cambiado.

PARALIZADOS. La historia de Elsa y Anita es un trauma, sin desenlace, interminable; una trampa que las ha anclado a un tiempo y un espacio al que regresan porque emocionalmente siguen buscando respuestas, aunque sus cuerpos estén ya en otros lados y otras edades. El relato que ambas moldean mientras se involucran en un intercambio aparentemente anecdótico sobre un ayer compartido y que, curiosamente, no es más que energía vital presente, luce recurrente cual idea fija: lo que las une es eso que no está del todo dicho. Para Elsa y Anita, la historia es un cabo sin atar que les flamea por dentro, un problema sin solución que no puede abordarse desde la evocación, desde la elaboración ni desde el olvido: una condena inmerecida que las inculpadas afrontan como pueden, en el cuerpo, en las almas, en los discursos. Sí, el viaje de Elsa y Anita es un ciclo breve que las lleva siempre al mismo punto de partida porque lo vivido no encuentra explicación convincente y, entonces, como perros ante un compañero que acaban de atropellar y yace sobre el asfalto, se arriman a sí mismas, se huelen muertas, se reconocen vivas pese a todo, se hacen a un lado, lo lamentan, se desentienden, se recomponen, parecen haberse olvidado de todo hasta que, de pronto, la calesita vuelve a girar recorriendo las mismas estaciones.

La angustia de las protagonistas en esa casa ajena y propia, vacía de futuro, que intrusan para buscarse sin remedio, se soporta gracias a que comparten una serie de diálogos amables, hallables en todas las familias, entre distintos pares de hipotéticos hermanos, generalmente graciosos o candorosos, inocentes incluso, de los que emergen las diferencias en los modos de ver el mundo y en las personalidades de los sujetos convocados al intercambio, a veces en busca de complicidad, otras como estrategia para reforzar el vínculo y, también, como medidos reproches justicieros.

OPERACIONES. Una actuación convincente de Grassi y Paulini integra la interpretación de un texto que ofrece dificultades a cierto ejercicio de acrobacia dramática, en el que los cuerpos se integran a espacios escénicos reducidos que están en permanente descomposición y reacomodamiento, probable imagen del espacio interior que habitan Elsa y Anita.

He allí el gesto magistral de la escritura de González, que en la puesta de Osella y Trevisani no pasa desapercibido, para regocijo de la agradecida platea: lo visto puede ser leído como el reencuentro de dos hermanas en una casa de la playa en la que pasaron momentos fundamentales de su infancia; como la metáfora de una conversación, ocurrida en cualquier sitio, entre personas cercanas afectivamente que juegan a creer y descreer del ayer ante la inconveniencia de no poder o no saber elaborar lo vivido ni superarlo; o al soliloquio de una de ellas que conoce los pormenores de una verdad y ha debido callarlos por un mandato que la atormenta y del que intenta desentenderse a partir de una charla imaginaria con su hermana.

Así, entre quien porta una versión y se hace cargo de ella, aunque la mortifique, y quien simula recordar de manera selectiva, es decir, en la convivencia de quien encarna la historia con quien la atesora como un secreto y la va administrando en pócimas conforme un criterio de conveniencia, se va conformando un dispositivo de precisión que refuerza la tensión dramática y que, a su vez, opera como oportuno motor de dramaticidad.

Esa ambigüedad, que habilita la coexistencia de distintos planos de aprehensión, ha sido percibida, desmenuzada y transmitida en el todo y en sus partes en la propuesta del Teatro del Bardo, tanto por la compartida dirección como por las protagonistas, lo que constituye un mérito que potencia la puesta como acto de comunicación múltiple.

FUERA DE MOLDE. Si la noción del tiempo es fundamental para definir la identidad personal, en tanto uno es lo presente pero sobre todo lo pasado, “Elsa y Anita” nos anima a perdernos en una selva de tupida perplejidad, toda vez que nos asoma al misterio de aquello que persiste, cuando en realidad la mayor parte de la experiencia es olvidada. Desde esta perspectiva, hacer memoria puede no desdibujar nuestros miedos, ni clausurar la soledad, sino tan solo permitirnos seguir, aunque nos siga angustiando aquello que ha quedado refugiado en algún revés del recuerdo.

Más allá del ajustado desarrollo teatral de la versión (puesta, construcción de los personajes, ritmo, intensidad y tempo de las actuaciones), el ritual de haber sido parte de “Elsa y Anita” trajo consigo el bonus track de pensar un asunto central por fuera de lo instituido, más allá de aquello que parece habilitado para ser dicho, de lo políticamente correcto. Después de todo, es lo que los espectadores demandan cuando hacen la fila ante una boletería, con la esperanza de ver buen teatro.
Ficha técnica

Elsa y Anita
Autora: Soledad González
Actúan: Marisa Grassi y Tati Paulini
Diseño/Ilustración:
Eva Cabrera
Dirigen: Daniela Osella y Grabriela Trevisani
Fotografía: Pablo Vallejo



Fuente:  11 de septiembre de 2017 (ElDiario/Derf)








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